SPOT

Sin saber exactamente qué pensar… (Spot 1.0)


Una palabra que desorienta, Spot, da título a la intervención artística de Rafael Pérezcortés: ¿Anuncio?, ¿propaganda?, ¿lugar?, ¿salpicar?, ¿manchar?, ¿descubrir?,… Spot, además, contiene las letras alteradas de Stop. (¿Anuncio y parada, a la vez?). Spot nos recuerda la idea demultievocación adscrita a las estrategias posmodernas que tratan de dispersar los posibles significados de las palabras o de las cosas.

Sin saber exactamente qué pensar, este proyecto ambiguo, desconcertante y contradictorio, para los pies de quien camina inútilmente buscando un estricto y limitado sentido de la “realidad”.

Con un felpudo, como los que se usan en las casas a modo de limpiabarros, Spot parece dar la bienvenida al transeúnte de la calle. Colocado delante de la puerta de la sala de exposiciones, este objeto funciona -más allá de su previsible uso ordinario- como reclamo visual, mostrando una imagen paródica y disparatada. En efecto, en Spot 0.3, Rafael Pérezcortés manipula los iconos que contemplamos en los semáforos invirtiendo la señalización de advertencia: ahora, el peatón de color rojo se representa en actitud de avance. Ya no contamos con la facilidad y rapidez de lectura que nos ofrece la unívoca señal del semáforo. En ella -recordemos- se lee, como en las opciones A y B de cualquier sistema binario, el siguiente mensaje indeleble: el hombrecillo rojo y parado simboliza siempre peligro y detención; en cambio, el hombrecillo verde y andando, paso libre para cruzar la calle. Si la lógica interpretativa del ciudadano sensato –no por casualidad la Dirección General de Tráfico, en sus últimos eslóganes publicitarios, solicita peatones y conductores sensatos-, no puede ser aplicada a este nuevo engendro despolarizado, al menos quisiéramos plantear algunas preguntas que se nos ocurren (por supuesto, sin esperar “la respuesta” de ningún acertijo). El artista, con cierto tono humorístico, ¿nos avisa del “peligro” que supone acceder al espacio expositivo? o ¿nos invita a pisotear el felpudo para matar simbólicamente al “fetiche artístico” con la mierda de nuestros zapatos? Pensando (¿más coherentemente?) en el transplante sufrido por la figura coloreada, quizás se nos esté pidiendo una parada para reflexionar sobre el individuo mismo como ser social; entonces, la pregunta sería otra: ¿la condición hipermóvil del hombre civilizado ha llegado al nivel rojo, esto es, a su punto límite?

Si el espectador decide abrir las puertas de la sala, se encontrará en la pared frontal con una fotoanimación (Spot 0.1) tan parecida a su inmediata experiencia perceptiva así como al acto de movilidad de su cuerpo entrando en la galería, que tal vez podrá sentirse ridículamente parodiado y/o descubrir su presencia como sujeto activo en la escenografía preparada. El caso es que el artista ha previsto que la experiencia “real” del espectador se reitere bajo los mecanismos del simulacro en la imagen artificial de un DVD.

Movimiento perpetuo (Spot 0.1)


Spot 0.1 consiste en un único fotograma animado, una instantánea contrapicada de la “realidad” que establece conexiones entre el espacio exterior y el interior, entre la acera de la calle y la entrada de un edificio anodino. De este modo, en primer término, visualizamos sobre la calzada un felpudo idéntico al que abandonamos tras cruzar la galería, mientras que, al fondo, percibimos el movimiento de personas – entrando o saliendo- en un interior cualquiera (sólo piernas en actitud de avance). El hombre urbano se caracteriza por sus desplazamientos cotidianos; despersonalizado, sólo le define su movilidad continua. Aunque la imagen de la proyección es fija, son los efectos de luz y color aplicados en superficie (la manipulación engañosa de la imagen digital mediante juegos combinatorios y repeticiones variadas), los que confieren la inmediata sensación de movimiento. La variabilidad acelerada adquiere valor de permanencia; hablamos entonces de una variabilidad inmutable, de un movimiento perpetuo.

Juegos de guerra (Spot 0.2)

 

Una doble articulación de imágenes -de derecha a izquierda, de izquierda a derecha- estructura el juego de la fotoanimación Spot 0.2; un mismo pasillo –largo, aséptico y numerado con puertas- aparece y desaparece una y otra vez. En su fondo oscuro, se representa la tragicomedia digital a golpe de enigmáticos e insistentes sonidos: el hombrecillo rojo avanza y ataca al estático hombrecillo de color verde que va perdiendo sus miembros poco a poco hasta dejar de ser visible. La historia se repite en forma de bucle, de manera que la figura roja perpetúa su ataque por sorpresa, mientras que la verde, tras sufrir un proceso progresivo de desaparición, termina siempre reapareciendo; la acción -eterna, inacabable- refleja la absurda y desesperante condición humana. Pérezcortés pone en funcionamiento el juego combinatorio y la repetición variada de las imágenes, el simulacro de los vídeojuegos, la parodia de los iconos de tráfico, la mirada lúdica e infantil del individuo tecnocrático, su carácter despersonalizado o su comportamiento social recreado en ambientes fríos y deshumanizados; utiliza estrategias como el humor y la ironía para representar alegóricamente la guerra de imágenes y sonidos que acechan a las sociedades avanzadas e hiperconsumistas de hoy.

 

Un buen servicio social: detenerse y esperar (Stop)

 

La fotoanimación Stop presenta cuatro imágenes proyectadas sobre la pared que también se repiten, a modo de bucle, infinitamente. En un espacio cerrado, frío y un tanto aséptico, la cámara recoge como protagonista de la escena un objeto anodino, de fabricación seriada, cumplidor de un cotidiano servicio social. Cuatro sillas de plástico negro -fijadas sobre un suelo gris y dispuestas en hilera a modo de banco-, ubicadas en la blancura deslumbrante de un interior cualquiera, funcionan para lo que funcionan. Se trata de los típicos asientos de esperas interminables de un espacio público indeterminado: un banco, un hospital, un… Lo impropio aquí resulta ser la manipulación digital y el particular movimiento conferido a las imágenes. En los respaldos de las sillas, el artista superpone letras que simulan el efecto de pintadas murales (graffitis) y cuando el espectador lleva un tiempo observando el bucle repetido, a golpe de ritmos cambiantes, termina leyendo una palabra concreta: “Stop”. Los asientos en hilera se convierten en una barrera perceptiva que  obliga a la detención de manera automática. El silencio (se trata de imágenes sin sonido) forma parte del desasosiego que genera la espera indeterminada. El tiempo se congela y este fragmento de realidad desesperante se repite una y otra vez. Stop nos habla de situaciones cotidianas vividas en los espacios públicos, nos habla de la vida deshumanizada del hombre civilizado, nos habla de la agonía existencial del individuo sin nombre atrapado en situaciones banales que, en principio, no estaban previstas.

Texto: Natalia Bravo