Fe Cl3-6H2O CaCO

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La incredulidad manifiesta del individuo no iniciado en las verdades científicas hacia cualquiera de las consecuencias derivadas de éstas y la extrapolación de dicho cuestionamiento al ámbito religioso, en el que el neófito o el agnóstico –sean las distancias marcadas por defecto o por exceso—disienten, son los paradigmas manejados por Rafael Perezcortés (Almería 1961) en la instalación Fe Cl3-6H2O CaCO. La fórmula responde a un compuesto químico formado por Cloruro Férrico Hexahidratado en solución acuosa y Carbonito cálcico, cuyas propiedades –la posibilidad de variar de estado líquido a sólido y viceversa—aluden al milagro protagonizado por las reliquias de algunos santos católicos.

La delicuescencia –la licuación—y su contrario, la cristalización –solidificación—inherentes a la sustancia mencionada constituyen el punto de partida de este trabajo, concebido expresamente para el espacio que lo exhibe y en coincidencia con la rememoración de la Semana Santa cristiana. La instalación se compone de cuatro piezas, a través de las cuales su autor pone de manifiesto la condición sacra de la investigación científica y el carácter hermético que propicia la generalización de su culto, como si de un dogma religioso se tratase. Ciencia y creencia vienen a comulgar en un abrazo místico, como en su día lo hicieran la física cuántica y las mitologías orientales.

No es está, desde luego, la primera ocasión en que la obra Rafael Perezcortés nos advierte de la inflexión que circunstancialmente puede llevar a las formas a cobrar valencias semánticas inesperadas. Ya en su anterior serie de pinturas de martillos y clavos es palpable el trasfondo pasionario –como acertadamente apunta Juan Manuel Bonet—que entronca con la tradición barroca española, aunque en realidad no se trata de una aproximación literal a la iconografía contrarreformista, sino de la relectura heterodoxa de sus símbolos primordiales en un contexto ausente de huellas expresivas. En este sentido, tanto los martillos, los clavos, como en esta ocasión los tubos de ensayo, describen una distancia irónica, un deslizamiento de su sentido original, una turbadora turbulencia, que bien podría  pasar por lo que el semiólogo italiano Omar Calabrese –al que tendríamos que añadir los nombres de Gustavo Guerrero, Haroldo de Campos y Andrés Sánchez Robayna, como estudiosos del fenómeno—conceptúa como proposición neobarroca.

La primera de las piezas, Via Crucis, reproduce sólo doce delas catorce estaciones – se han olvidado las correspondientes al descendimiento y traslado de Jesucristo—mediante el símbolo parlante de la nueva confesión religiosa: el tubo de ensayo. Este elemento es el vehículo iconográfico, emblema de la comunión entre ciencia y religión, que conduce de la pasión y muerte de Jesucristo a la veneración simbólica de su resurrección. El misterio, mejor dicho el dogma que conlleva la asunción de esta última proposición, es asumido por la instancia científica, que desde ese momento usurpa la ascendencia mesiánica que poseía la religión sobre los creyentes, sobre los no iniciados.

Este trasvase de sentido, esta disfunción disciplinar, se inicia en una pila, que en lugar de agua bendita contiene un precipitado de cloruro  férrico cristalizado. A partir de aquí el itinerario viene marcado por la alfombra roja que nos conduce desde la pila y a través de uno de los muros de la galería –aquí la alusión al carácter dogmático de la religión se hace por tanto extensible al boato con que suele presentarse cualquier descubrimiento/desvelamiento científico –a la sala contigua, donde se halla instalado un retablo, en cuya hornacina central se venera, en suspensión, la misma sustancia, en este casoliquada, aunque en un proceso de sedimentación progresiva , en un tubo de ensayo. Por si el carácter religioso de esta última pieza no fuera lo suficientemente explicito, todo el cuerpo central del retablo es dorado y las calles laterales reproducen  a modo de letanías la repetición de la fórmula química.

La iluminación contribuye a crear el ambiente de recogimiento y el rezo.

La última pieza, que contiene la única pintura de la instalación, por la que es reconocible su autor, dada la similitud con series anteriores, completa el recorrido volviendo al motivo inicial y se compone de tres tondos que reproducen la disposición del retablo, cuya hornacina se refleja en el circulo central, donde se representan cuatro tubos de ensayo componiendo una cruz. Como ocurriera con el retablo, los dos tondos laterales portan los símbolos y valencias de la fórmula química; con ello se epitomiza otro de los dogmas cristianos, el de la Santísima Trinidad , reconvirtiendo mediante su descontextualización en axioma científico.

Lo que en última instancia viene a desvelar la instalación de Perezcortés es la capacidad tanto de la religión como de la ciencia –está última desbancando la credibilidad de la anterior por tanto irguiéndose como verdad absoluta—para a culturar al individuo. En dicha empresa es evidente el concurso del aparato artístico, sin cuya colaboración no se entienden no sólo las campañas de adoctrinamiento de los fieles, sino incluso el grueso de los estilos de la historia del arte. La instalación Fe Cl3-6H2O CaCO exhibe e ilustra esta servidumbre secular y de paso ironiza  sobre el comportamiento laico adquirido por el arte en esta centuria, apostando por racionalización –aquí tendríamos que recordar los valores postulados por la Bauhaus, la abstracción geométrica y sus consecuencias estilísticas posteriores –cuyo máximo exponente sería el aparato científico.

Texto de Ángel L. Pérez Villén

Fe Cl3-6H2O CaCO rafael perez cortes
Fe Cl3-6H2O CaCO rafael perez cortes